EL DIA QUE SUPE QUE TODO SERIA IGUAL

La fiesta era un Domingo en la tarde, y a pesar de ser finales de Diciembre el clima era brumoso y gris como los lluviosos días de Agosto, aunque el día estaba seco, todo se veía gris, al igual que la avenida que estaba frente al apartamento a donde íbamos , la cual era transitada las 24 horas del día logrando un efecto cambiante en el entorno; todo era gris, los árboles, la calle, las aceras, los frentes de las casas y también quien sabe si por la avenida misma, el día era gris.

La fiesta era una reunión familiar, nutrida compleja, tribal y agradable como solo los latinos sabemos vivirlas, adentro en un ambiente de humedad caliente, pero soportable, las ramas familiares, en una sesión ordinaria anual, conversaban, se inventariaban y actualizaban sus vidas.

Mi madre era una invitada por ser amiga de las cumpleañeras, quienes por ser gemelas, decidieron cada año, celebrar su nacimiento, tal vez no recordaban desde cuando era ese ritual, o quizás con plena conciencia de ello, lo hacían desde el temprano día que descubrieron que lo sustancioso y valioso en la vida es compartir con los propios, con los de uno, con la sangre que se quiere.

Ese calor húmedo, se acompasaba  con las anécdotas de todos, interrumpidas por boleros cantados por un trío contratado por alguien (en las fiestas siempre hay tríos o mariachis y nunca se sabe quien los paga) y por rondas de tapas y pasapalos para picar y acompañar, tan variadas como la tribu, y tan seguidas como las canciones.

Sin embargo mi mayor interés era una reunión que sentía como punto de partida trascendental en mi inicio de joven abogado, y era para mi algo así como un rito de iniciación para recibir una protección cuasi celestial pero de uso terrenal, al cual le había atribuido el grado de  sacramento.

Ese día conocería a alguien con mucho poder e influencia en el mundo de la burocracia, cosa bastante indescifrable, poderosa e impenetrable, de la cual ningún ser humano escapa.

En la antesala, que hacia para ingresar a un penumbroso cuarto de esa calurosa casa, pensaba cuales serian las palabras correctas a emplear, pero eso si, siempre con la dignidad por delante, nada de vender mi alma al diablo ni mucho menos presentarme como atorrante o solapado adulador…. En ese momento era solo yo contra mi destino, mientras escondía en mis bolsillos mi alma, por si acaso debía ser canjeada en un revés inesperado.

¿Me ayudaría mi alma o me haría más esclavo?

Ella, que asomaba su hociquito intrigada y expectante como yo.

…………………………………………….

Y aquí estaba yo, en la antesala de mi aprobación  romana, en la espera de solo un gesto que asumía yo definitorio para mí futuro, según mis cálculos de inocente juventud de poco viaje por el mundo.

Cuando me invitan a pasar, todo lo que sucedió hasta que hablé, transcurrió en cámara lenta, de manera que estaba yo entrando a ese brumoso cuarto con ventilador de techo que removía el polvoriento calor de la habitación, como vicio reincidente, donde un señor gordo ubicado en el centro, era abanicado por una mujer cuya cara se perdía en la niebla calurosa… el calor no me hacia sudar, sin embargo, sentía como exhalaba un aliento desértico, de camino cansado, de trajinar errante, como presagio de mis días, mientras me preguntaba si ese entorno de madeja brumosa era el que acompañaba a las personas que han pasado décadas en oficinas públicas, sobreviviendo y adaptándose cual camaleones, al color de los desvencijados muebles, al tono de la luz a ciegas e incluso al partido de turno.

La soporífera entrevista consistió en explicar la injusticia cometida en mi contra por un juez que era mi jefe y que arbitrario como todo juez decidió dejarme sin trabajo, y como el padre de este juez era amigo del que yo pretendía como santo protector, pensaba (según mis cálculos) redimirme mediante este señor y devolverle el golpe a mi verdugo, propinándole de paso, creía yo, un sermón de proporciones paternales, sin embargo, el avejentado inquisidor me escuchaba inmutable con los ojos cerrados y una vez escuchado el caso, procedió a decir: – “Ah vaina, seguro le enamoraste una de las noviecitas a Alejandrito, él es así, malcriao como el padre, desde chiquito nunca ha cambiado”- y no dijo más.

Y yo, que pensaba que eso no se podía hacer en los trabajos, razón por la cual me auto-clasificaba en el campo laboral en la categoría de asexuado, o tal vez maricón para una que otra vengativa pretendiente anónima, vi como así nomás, en menos de dos segundos se esfumaba mi futuro de ungido funcionario público, y supe desde ese día que este país estaba jodido sin remedio y que la moneda de cambio e idioma oficial eran el cuanto hay pa´eso  y el padrino.

Y así, me fui divagando por esos grises pasillos, a tientas y golpeándome siempre con la realidad que nunca veía, una vez, y otra, y luego otra, por los siglos de los siglos.

HRC (Dejó dicho que no está).

13/AGOSTO 2012

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